Diario de una monitora de Lara GO!

Trabajar como monitora en un campamento de verano en Estados Unidos es una experiencia única que combina aventura, retos y aprendizajes personales. En este diario cuento cómo fue acompañar a un grupo de niños españoles en su primer, segundo o tercer viaje al extranjero sin sus familias, desde el día del aeropuerto hasta las actividades, la adaptación cultural y los momentos inolvidables que vivimos juntos.

¿Quién me diría hace un año que este verano estaría acompañando a niños en un campamento en Estados Unidos inolvidable para ellos? Bueno, no solo para ellos, ¡pues para mí también! no lo voy a negar al principio, estaba muy nerviosa: no conocía a los niños, no sabía cómo iban a llevar la experiencia, tampoco conocía a nadie que trabajase allí… En fin, iba totalmente a oscuras.

El día del aeropuerto fue una montaña rusa de emociones. Tenía el estómago lleno de nervios (y no precisamente por el desayuno). Llegué con antelación, como buena monitora precavida, y poco a poco fueron apareciendo las primeras caras. Algunos niños venían con una mezcla de emoción y miedo, otros más callados, agarrados a sus padres como si no quisieran soltarlos. Y no les culpo. Para muchos, era la primera vez que se subían a un avión sin su familia, que iban a pasar varias semanas al otro lado del océano, con personas que no conocían. ¡Menuda aventura!

Una vez pasamos el control de seguridad, ya éramos equipo. Nos empezamos a conocer, a bromear, a contar cosas sobre nosotros. Me sorprendió la curiosidad que tenían: querían saber cómo era el campamento, si de verdad íbamos a dormir en cabañas, si haríamos s’mores, si veríamos ardillas… ¡y si había WiFi! (spoiler: hay, pero al no tener el teléfono durante el mes no servía de mucho). El vuelo fue largo, pero lo llevamos bien. Entre juegos, películas, alguna cabezadita y muchas ganas, cruzamos el Atlántico sin darnos cuenta. Cuando aterrizamos y salimos del aeropuerto en EE. UU., vi cómo se les iluminaban los ojos. Estábamos lejos de casa, sí, pero empezaba algo nuevo, algo emocionante. Y ahí supe que todos esos nervios que había tenido… estaban más que justificados. Porque estaba a punto de vivir una experiencia única, y eso, aunque dé un poco de vértigo, es justo lo que hace que merezca la pena.

Llegamos al campamento por la noche, bastante tarde, cuando dejé las cosas de los niños en la oficina y llegué a mi cabaña todas mis nuevas compañeras estaban durmiendo, por lo que el primer día no conocí a nadie. A la mañana siguiente cuando me levanté (un poco desubicada por el jet lag) hablé con las primeras chicas que me encontré y poco a poco fui conociendo al personal del campamento.

Los campers estaban igual de desubicados que yo (no les culpo porque era un cambio súper drástico) nuevo país, nuevo idioma, nuevas caras, nuevos horarios, ¡hasta el olor del aire era diferente (más humedad de la que me imaginaba)! Durante las primeras horas, todo eran preguntas: “¿Dónde vamos a dormir?”, “¿Qué vamos a comer?”, “¿Y si no entiendo lo que me dicen?”, “¿Cuándo puedo llamar a mis padres?” Y, sinceramente, yo también me las estaba haciendo por dentro. Pero poco a poco, todo fue encajando. Nos recibieron con muchísima energía (se caracterizan por tenerla desde que se levantan hasta que se acuestan) y aunque a algunos les costase más que a otros fuimos poco a poco y con ayuda de los monitores del campamento a vivir una experiencia “full” americana, lo que antes veían de locos golpear a las mesas durante las comidas, luego lo hacían como un estadounidense más. Lo mismo pasó con los horarios. Si al principio se sorprendían por tener que despertarse tan temprano o por cenar tan pronto, al cabo de unos días ya eran ellos los que me decían a las 17:30: “¿Hoy qué hay de cena? ¡Tengo hambre!”. Y es que el ritmo del campamento es tan intenso, tan lleno de actividades, que el cuerpo se adapta sin que te des cuenta.

Durante estas 4 semanas estuve haciendo de todo un poco: sacando fotos a los niños mientras vivían momentos inolvidables (para que sus familias pudieran ver lo felices que estaban), comunicando constantemente con los padres para darles tranquilidad y hacerles partícipes desde la distancia, si había alguna incidencia acompañarlos a la enfermería para que se tomasen la medicación y hablando a diario con los monitores de cada uno para asegurarse de que se integraban bien en la cabaña, en las actividades, en el grupo.

Cada niño tiene su propio ritmo, sus miedos, sus fortalezas… y poder estar cerca para acompañarlos en ese proceso ha sido un regalo. A veces bastaba una conversación, otras veces un “¡venga, tú puedes!” en mitad de un abrazo después de una llamada en la que echaban de menos casa y el sentimiento de homesickness se apoderaba de ellos.

Y no solo me llevé momentos con ellos, también hice amigos de distintos países. Conocí a monitores de Estados Unidos, Inglaterra, México, Eslovaquia, Hungría, Polonia… Todos distintos, pero con un mismo objetivo: hacer del campamento un lugar seguro, divertido e inolvidable, no solamente para los niños, sino que también para nosotros.

Este campamento ha sido mucho más que un trabajo de verano. Ha sido un viaje personal lleno de aprendizajes, retos y emociones. Me ha ayudado a crecer, a confiar en mí misma, a tener más paciencia y a adaptarme a lo inesperado. Pero, sobre todo, me ha enseñado lo bonito que es cuidar de otros. Vine como monitora, sí, pero me voy con la sensación de haber sido algo más: un apoyo, una figura de referencia, casi una segunda mamá para ellos durante este mes.

Ahora toca volver a España y cerrar esta etapa, aunque sé que no se va a borrar nunca de mi memoria. Me llevo los cánticos, las carcajadas, las conversaciones en voz baja antes de dormir, los abrazos espontáneos, los miedos superados, las lágrimas sinceras… Y, por encima de todo, me los llevo a ellos.

Gracias, Paula, Javier, Rodrigo, Lucía, Carlos, María, Jaime, Pablo P., Adriana, Pablo, Carolina, Elisa y Natalia.

Gracias por dejarme ser parte de vuestra historia y por enseñarme tanto.

Y gracias por convertiros, sin saberlo, en uno de los recuerdos más especiales que he vivido.

Y si os ha entrado el gusanillo de formar parte de estos campamentos, ya sea siendo camper o monitor y simplemente si queréis más información no dudéis en reservar una cita para saber más 🙂